Corrupción en el Estado: la novela que nunca termina​

Para dominar la atención pública, el recurrente estallido de escándalos de corrupción debe contar con una seguidilla de piezas audiovisuales que vaya dosificando un crescendo que deje malparada a la fuerza política que se desea atacar.

A veces pueden ser videos, como los de José López revoleando los bolsos con dólares en un convento, los empleados contando billetes en la financiera La Rosadita, o el peregrinaje por distintos cajeros automáticos bonaerenses del puntero “Chocolate” Rigau. En otras ocasiones, alcanzan con que sean fotos elocuentes, como la de la caja de seguridad de Florencia Kirchner rebosante de dólares, las imágenes de lujuria de Martín Insaurralde en un yate por el Mediterráneo con despampanante compañía femenina o las fiestitas con invitados, o más íntimas tête-à-tête, de Alberto Fernández en Olivos o en la Casa Rosada.

El morbo se alimenta de evidencias. No alcanza el “parece que”. Como Santo Tomás, necesitamos “ver para creer”. El fisgoneo es vital.

En la última emisión de su programa Odisea argentina, Carlos Pagni recordó que el Estado maneja cuatro grandes cajas –juego, medicamentos, obra pública y alimentos– cuyos movimientos discrecionales por parte de funcionarios de distintos gobiernos se prestan para desvíos indebidos. Y sumó un quinto ítem, como es el cuestionado beneficio fiscal del régimen de promoción industrial de Tierra del Fuego, indemne a la motosierra. Invariablemente, la circulación y administración de los materiales no suele ser inocente. Nunca se sabe bien quién las sube desde oscuras y serviciales catacumbas a la superficie, pero suceden casi siempre por las mismas razones: vendettas internas o la proximidad de comicios claves. A veces, ambas causas van de la mano, como ahora.

No faltan comunicadores muy dispuestos a difundirlos y bastonear la serie para su propio provecho (léase, rating o cantidad de visualizaciones y, de paso, quedar bien con sus terminales políticas, con las que simpatizan o se benefician de distintas maneras).

En el caso más reciente, y aún en curso –da la impresión de que será una larga novela de varios capítulos– primerea la delantera un streaming opositor, pero después se suman las demás vidrieras mediáticas, tanto sea para hacer más leña del árbol caído o para poner comprensas frías que les bajen el precio a las denuncias. Al respecto, en los últimos días llamó la atención los poco disimulados esfuerzos de connotados animadores oficialistas por despegarse del affaire de los audios sobre presuntas coimas con medicamentos para discapacitados.

Curiosidades: primeros días de absoluto silencio sobre el tema de los hermanos Milei, que suelen saltar enseguida públicamente cuando se les endilga algo que pretende mancharlos y no es cierto. Eso posibilitó a sus detractores que se adueñaran del relato y les sacaran varios cuerpos de ventaja. Las redes sociales –territorio en el que los libertarios habitualmente se destacan– se llenaron de memes antimileistas.

Así como en 2018, empezó a difundirse en canchas y otros lugares públicos un cántico que denostaba con un exabrupto al entonces presidente Mauricio Macri, no sería raro que el “Alta coimera / Karina, alta coimera”, con la música de Guantanamera, que ya empezó a circular, llegue a convertirse en el nuevo “hit del verano”.

Segunda curiosidad: la primera declaración sobre el tema que efectúa el Presidente es un lapsus linguae de aquellos. “Están molestos porque les estamos afanando los choreos”, dijo en su visita proselitista a Junín. Si quiso decir exactamente lo que dijo, sería una cruda admisión de que él y su hermana no serían ajenos a algunas de las maniobras de las que tanto se habla.

Tercera curiosidad: Manuel Adorni, el vocero presidencial, no descarta que los audios con la voz de Karina Milei sean reales. “Sería la primera vez en la historia argentina –abrió el paraguas– que se graba a un funcionario dentro de la Casa Rosada”. Es la admisión de un patente amateurismo –uno más– si no logran controlar siquiera ese aspecto.

Hay dos cuestiones en este episodio que es necesario distinguir: que haya una intención aviesa y evidente en perjudicar las chances electorales del oficialismo haciendo circular material, de antigua data y más reciente, con la complicidad interesada de operadores, legisladores y periodistas, no invalida que haya que investigar a fondo la veracidad de esos contenidos. De ser ciertos, sería gravísimo si terminan involucrando directamente a los hermanos Milei, que ya vienen complicados con el caso $Libra.

Siempre tan actual aún después de muerto –ayer se cumplieron ocho meses desde su partida–, Jorge Lanata dejó casi como un legado, que mantiene plena vigencia, Óxido, su último libro, publicado por editorial Sudamericana, con el sugestivo subtítulo que dice “Historia de la corrupción en la Argentina 1580-2023″. Se trata de una suerte de compendio de las más notables irregularidades producidas desde lo más alto del poder a partir de la segunda fundación de Buenos Aires hasta los tramos finales del gobierno de Alberto Fernández.

En la primera línea de ese trabajo, que tiene más de 600 páginas, Lanata considera que “Argentina está oxidada. La corrupción es su óxido”. En la última página, Lanata se pregunta enigmático: “¿Continuará?”.

Todos, conocemos la respuesta.

​ Para dominar la atención pública, el recurrente estallido de escándalos de corrupción debe contar con una seguidilla de piezas audiovisuales que vaya dosificando un crescendo que deje malparada a la fuerza política que se desea atacar. A veces pueden ser videos, como los de José López revoleando los bolsos con dólares en un convento, los empleados contando billetes en la financiera La Rosadita, o el peregrinaje por distintos cajeros automáticos bonaerenses del puntero “Chocolate” Rigau. En otras ocasiones, alcanzan con que sean fotos elocuentes, como la de la caja de seguridad de Florencia Kirchner rebosante de dólares, las imágenes de lujuria de Martín Insaurralde en un yate por el Mediterráneo con despampanante compañía femenina o las fiestitas con invitados, o más íntimas tête-à-tête, de Alberto Fernández en Olivos o en la Casa Rosada. El morbo se alimenta de evidencias. No alcanza el “parece que”. Como Santo Tomás, necesitamos “ver para creer”. El fisgoneo es vital. En la última emisión de su programa Odisea argentina, Carlos Pagni recordó que el Estado maneja cuatro grandes cajas –juego, medicamentos, obra pública y alimentos– cuyos movimientos discrecionales por parte de funcionarios de distintos gobiernos se prestan para desvíos indebidos. Y sumó un quinto ítem, como es el cuestionado beneficio fiscal del régimen de promoción industrial de Tierra del Fuego, indemne a la motosierra. Invariablemente, la circulación y administración de los materiales no suele ser inocente. Nunca se sabe bien quién las sube desde oscuras y serviciales catacumbas a la superficie, pero suceden casi siempre por las mismas razones: vendettas internas o la proximidad de comicios claves. A veces, ambas causas van de la mano, como ahora. No faltan comunicadores muy dispuestos a difundirlos y bastonear la serie para su propio provecho (léase, rating o cantidad de visualizaciones y, de paso, quedar bien con sus terminales políticas, con las que simpatizan o se benefician de distintas maneras). En el caso más reciente, y aún en curso –da la impresión de que será una larga novela de varios capítulos– primerea la delantera un streaming opositor, pero después se suman las demás vidrieras mediáticas, tanto sea para hacer más leña del árbol caído o para poner comprensas frías que les bajen el precio a las denuncias. Al respecto, en los últimos días llamó la atención los poco disimulados esfuerzos de connotados animadores oficialistas por despegarse del affaire de los audios sobre presuntas coimas con medicamentos para discapacitados. Curiosidades: primeros días de absoluto silencio sobre el tema de los hermanos Milei, que suelen saltar enseguida públicamente cuando se les endilga algo que pretende mancharlos y no es cierto. Eso posibilitó a sus detractores que se adueñaran del relato y les sacaran varios cuerpos de ventaja. Las redes sociales –territorio en el que los libertarios habitualmente se destacan– se llenaron de memes antimileistas. Así como en 2018, empezó a difundirse en canchas y otros lugares públicos un cántico que denostaba con un exabrupto al entonces presidente Mauricio Macri, no sería raro que el “Alta coimera / Karina, alta coimera”, con la música de Guantanamera, que ya empezó a circular, llegue a convertirse en el nuevo “hit del verano”. Segunda curiosidad: la primera declaración sobre el tema que efectúa el Presidente es un lapsus linguae de aquellos. “Están molestos porque les estamos afanando los choreos”, dijo en su visita proselitista a Junín. Si quiso decir exactamente lo que dijo, sería una cruda admisión de que él y su hermana no serían ajenos a algunas de las maniobras de las que tanto se habla. Tercera curiosidad: Manuel Adorni, el vocero presidencial, no descarta que los audios con la voz de Karina Milei sean reales. “Sería la primera vez en la historia argentina –abrió el paraguas– que se graba a un funcionario dentro de la Casa Rosada”. Es la admisión de un patente amateurismo –uno más– si no logran controlar siquiera ese aspecto. Hay dos cuestiones en este episodio que es necesario distinguir: que haya una intención aviesa y evidente en perjudicar las chances electorales del oficialismo haciendo circular material, de antigua data y más reciente, con la complicidad interesada de operadores, legisladores y periodistas, no invalida que haya que investigar a fondo la veracidad de esos contenidos. De ser ciertos, sería gravísimo si terminan involucrando directamente a los hermanos Milei, que ya vienen complicados con el caso $Libra. Siempre tan actual aún después de muerto –ayer se cumplieron ocho meses desde su partida–, Jorge Lanata dejó casi como un legado, que mantiene plena vigencia, Óxido, su último libro, publicado por editorial Sudamericana, con el sugestivo subtítulo que dice “Historia de la corrupción en la Argentina 1580-2023″. Se trata de una suerte de compendio de las más notables irregularidades producidas desde lo más alto del poder a partir de la segunda fundación de Buenos Aires hasta los tramos finales del gobierno de Alberto Fernández. En la primera línea de ese trabajo, que tiene más de 600 páginas, Lanata considera que “Argentina está oxidada. La corrupción es su óxido”. En la última página, Lanata se pregunta enigmático: “¿Continuará?”. Todos, conocemos la respuesta.  Opinión 

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